
1-“Perdimos con dignidad”.
¿Quién es “dignidad”? ¿De qué juega? Si juega en Uruguay tendríamos que cambiarla porque no tocó una pelota…
Déjense de insistir con eso de “dignidad”. En el fútbol no hay dignidad, al menos no en un resultado o en el desarrollo de un partido. La dignidad está, en todo caso, en cada uno de los jugadores, como personas que son y que pueden ser más o menos dignas. Pero en el fútbol. Acá, la dignidad no tiene nada que hacer.
Podemos estar orgullosos de que perdimos por pocos goles, o que los jugadores se portaron bien y no armaron -tanto- lío, o que perdimos jugando bien a la pelota. Pero no “con dignidad”. Eso es otra cosa. Los brasileros que marcharon en Maracaná no fueron personas indignas, como no lo fueron tampoco los uruguayos que se morfaron seis con Dinamarca. Capaz que no dejaron todo en la cancha, o jugaron mucho peor que el rival. Pero sería un atrevimiento moral señalarlos como “indignos”.
Quizá, lo mejor que se pueda decir es lo que dijo Tabárez: Si tuviera que elegir una manera de perder, elegiría ésta.
2-“Le mostramos al mundo dónde queda Uruguay”.
¿Existe realmente alguien a quien le importe mostrarle al mundo dónde queda Uruguay? Porque a mí, no. Cipayo provinciano, les gritaría Dolina.
Y, en todo caso, ese rol de promotor-panfletero no creo que le tenga que corresponder al fútbol. El fútbol es un juego, donde veintidós tipos corren atrás de una pelota, donde gana el que hace más goles. Alegrémonos, entonces, porque nuestro equipo ganó, o porque jugó bien, pero no porque “le mostró al mundo dónde queda Uruguay”. ¡Por favor! Dejémosle la promoción nacional a los publicistas y al ministerio de Turismo, que para eso les pagamos. Hagamos avisos de Uruguay Natural mostrando los dedos de Punta del Este o a un moreno tocando el tambor en la rambla. Pero no pongamos al fútbol en un lugar que no le corresponde, y no nos alegremos por algo que tampoco corresponde.
3-Las derrotas se festejan.
Seré un amargo, pero prefiero ser amargo antes que mediocre. Las derrotas no se festejan, se padecen. Podemos estar contentos por cómo jugamos pero no por perder. No salgamos a la calle a festejar inmediatamente después de que quedamos afuera de la competencia por el primer puesto. Si la intención era mostrar apoyo, se acercan al Bebe Morosini y le dicen: “Vamo arriba, muchachos. Gracias, dejaron todo”. Y si la intención era celebrar un campeonato brillante, esperemos a que termine. Festejemos la culminación de un ciclo, pero cuando finalice. Antes, no. Y menos si acabamos de perder.
