
Siento –quizá constato- que Calamaro se transformó, de golpe y porrazo, en algo así como una serpiente de los huevos de oro. En un objeto de consumo masivo muy bien aprovechado por las discográficas y el mundillo empresarial-musical.
No me la voy a dar de: “Yo lo escucho desde Los Abuelos”, y mucho menos hacerme el puritano independentista al grito de “el arte por el arte”. Pero reconozco que este reciente descubrimiento intelectivo me sacó de mis casillas –el Mundial se cuela por los sitios menos esperados-. Me produjo un gigantesco rechazo. Me dio asco que haya sucedido lo que sucedió, que se haya perdido la inocencia artística de una manera tan grosera. Y que esa mutación kafkiana se haya hecho tan evidente que hasta está escupida en la portada de su último disco, Calamaro on the rock. Me pregunto qué habrá quedado de aquél Andrelo que eligió a dos perros reproduciéndose y una hoja de marihuana como carátula de sus grabaciones encontradas.
Alguien me podrá retrucar que ya en Alta suciedad existía un atisbo de degeneración mercantilista. Y puedo compartir, por mucho que me duela. Sin embargo, es diferente… En ese disco hay espacio para “Comida china”.
Y quien hable de Honestidad brutal, que sepa que, Honestidad brutal, es brutal.
Tiempo después, con la aparición de El Cantante, se da un paso más –hacia atrás-. Imagino la propuesta de la discográfica: “Si no querés cantar canciones nuevas, cantate estos boleros”. Y algo similar debió de suceder con el doloroso Tinta Roja. Y, luego, como seguía poco inspirado: “Que Litto Nebbia te dé una mano”. Y El Palacio de las flores.
Pero, un buen día, esa caída libre se detuvo como por arte del arte. Y reapareció La lengua popular, ese disco que conocíamos antes de conocerlo, con canciones totalmente nuevas y actuales. Espectacular. Con un “Superjoint” que rememoraba la vieja costumbre de Andrelo de finiquitar sus discos con temas de autor –recordemos Dos romeos-.
Este también fue un disco con parafernalia –Fresán y Liñers aportaron lo suyo-, pero no tanta.
La siguiente novedad no fue más que otra mala noticia. La ordinariez de una caja con cientos de canciones que ya habíamos escuchado, y clips que ya habíamos visto en los rankings de los 90, de la época en la que MTV todavía pasaba música, intercalada con algo de Celebrity Deathmatch.
Digo “ordinariez” porque no era la obra cúlmine de un Salmón de cinco pies. Ese compilado sí fue su Rayuela, su Trilogía de la Fundación, su Divina Comedia. No la guarangada del Obras Cumbres, con estética bolchevique pero al servicio del capitalismo más salvaje.
Vuelvo a On the rock y la razón de mi calentura. Para empezar, existen varios packs para acceder a las nuevas canciones del rey Salmón. Te venden el disco pelado, casi insulso, a 10 dólares. Le llaman: “CD superjeweal”. Para los más pudientes existe una opción superior, que viene con bonus track –yo diría “sorpresita”- y se titula: “Digipack deluxe”. También está la posibilidad, pensada especialmente para los nostálgicos y los cool, de adquirir el CD y un LP en vinilo. Así es. “Vuelve el disco de pasta”, dicen los que saben –es decir, los redactores y lectores de Rolling Stone-. Ojo, existe además una cuarta opción, ya directamente para enfermos. El glorioso “Boxset deluxe”, que trae los dos digipacks, el vinilo y una camiseta.
Como verán, el futuro del negocio de la industria musical parece estar cerca del de los restaurantes de comida rápida. Imagino chicas simpáticas, con gorro de visera, que preguntan a los clientes si desean, por veinte pesos más, llevarse el Himno versión murguera junto con el disco de The Killers. ¡Ojalá Dios me dé larga vida para poder vivir esto!
De todos modos, y con toda la objetividad, rescato el contenido de este disco, que es un discazo. Mucho más complejo y sofisticado que La lengua popular –llámenme redundante-, On the rock es el trabajo de un artista veterano, consagrado. De un tipo que ya no podrá hacer las canciones que hacía antes -que fueron las que me llevaron a adoptarlo como mi músico/poeta/cantor de cabecera- pero que acepto escuchar con la nostalgia de oír a quien ya no es lo que fue. Como todos.
Los años pasan, pero qué importa. Hay temas monumentales, teledirigidos al éxito radial, como “Los divinos”. Y otros que parecen arrancados del glorioso pasado. “Todos se van”, que me transporta a “Para seguir” o “Son las nueve”. Y “Me envenenaste”, una canción extirpada con las muelas de cualquier disco de Los Rodríguez.
On the rock, otra prueba de que Calamardo está ahí. De que es el gran músico argentino -¿latinoamericano?- actual. Actual de hace diez años y actual hasta que muera. El mejor superviviente de la era de los fundadores del rock rioplatense –me guardo la humorada de mal gusto sobre el sodero-.
Grande Calamaro por regalarnos este disco. Grande Calamaro por seguir tocando las canciones de la Historia. Grande Calamaro por estar encima de todo, incluso de este post sin sentido y cualquier otra cosa que se te pueda objetar. Aunque quede feo que lo digas tan así, y lo estampes en todas las cajitas de CD, es cierto. Estás on the rock.